Terror

La habitación de la Abuela

 En los últimos años no habían visitado a la Abuela, Daniel no entendía el por qué, era la única pariente de su Madre. Su último recuerdo de la Abuela se remontaba hace 5 años, Daniel, ahora de 11 años, pensó que aquella señora con olor a talco en polvo era algo extraña, no podía decir por qué, pero ese fue su pensamiento cuando la vio por primera vez sentada en su mecedora.

 En ese primer encuentro él tuvo un poco de miedo, – ¡Ven aquí pequeño Daniel!, regálale un abrazo a tu Abuela -. Daniel no se movió, era la primera vez que veía a aquella señora, al menos que él recordara, sabía por lo que Mamá le contaba a veces que vivieron una temporada en casa de la Abuela cuando él había nacido, pero que se fueron a vivir lejos de ella en cuanto su Madre pudo. Recordó una vez que escuchó a Mamá hablando por teléfono, fue una noche a altas horas de la madrugada, él se había levantada para ir al baño y vio una pequeña luz en la sala, ella se encontraba en el sillón con el auricular del teléfono en la manos, hablaba en voz bajando para no despertar a sus hijos, o para no ser escuchada. – No mamá, no es que no quiera que los veas, es que Daniel aún es muy pequeño, el viaje en autobús le va a fastidiar. Sabes que no es eso, no tengo miedo de que les hagas algo, si simplemente no he ido a verte es porque el trabajo no me lo permite. No mamá no grites, no quiero seguir hablando de eso, eres mi madre a pesar de todo, los niños y yo te queremos, tan pronto podamos iremos a visitarte -. ¿por qué su Mamá tendría miedo de que Abuela les hiciera algo?, un día le preguntó a Isaac, su hermano mayor, el por qué no visitaban a la Abuela, – La Abuela está molesta con Mamá, no le gusta el estilo de vida que tenemos o algo así -, dijo su hermano, – ¿Es por qué no tenemos un Papá? – contestó Daniel, algunos niños en la escuela se burlaban de él por eso, – No tarado, son cosas que los niños no pueden entender, ahora deja de molestarme – si más respuesta que esa, Daniel olvido por un tiempo el tema.

 Hace como un año que la salud de la Abuela empezó a decaer, Mamá recibía frecuentemente llamadas del Hospital, la última de ellas, en palabras de su Madre, – La Abuela no puede valerse por sí misma, y debido a su condición lo que ella necesita es estar en su hogar con asistencia o en un asilo donde le puedan brindar los cuidados que necesita -. Fue así que finalmente volverían a ver a la Abuela, de hecho la verían seguido ya que se iban a pasar a vivir con ella.

 Pasaron los días, y aunque Mamá tuvo que dejar de trabajar para dedicarse por completo al cuidado de la Abuela, esto no les perjudicó en lo más mínimo, al parecer la Abuela tenía una módica fortuna, suficiente incluso para que ellos pudieran vivir bien después de que ella falleciera. Les habían dicho que la Abuela no pasaría del año, su condición era grave, por lo que tenía que estar postrada en la cama todo el día. Abuela no había sido una mujer robusta, por el contrario, cuando Daniel la conoció le pareció una mujer llena de vida y con buena salud, aunque con un aspecto sombrío, pero ahora debido a su enfermedad había adelgazado bastante, lucía demacrada, y sumado con su anterior aspecto hacían que Daniel tuviera escalofríos cuando la veía en su habitación.

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 Ellos tenían prohibido acercarse a la habitación de la Abuela, solo cuando Mamá necesitara de su ayuda podían ingresar, el resto del tiempo era ella quién se encargaba de sus cuidados. Las últimas noches la condición de la Abuela había empeorado, se ponía a gritar y a chillar en la madrugada, y aunque durante todo el día se la pasaba quieta y dormida, durante estos ataques hacía temblar toda la habitación, parecía que algo se poseía en ella y le daba energías de sobra a su demacrado cuerpo.

 Y entonces Isaac se dislocó el brazo, durante un partido de fútbol en el colegio un jugador del equipo contrario había realizado una barrida bastante agresiva, Isaac no tuvo tiempo de reaccionar, por lo que el golpe fue de lleno, lo levantó en el aire y al caer lo hizo sobre su brazo derecho lesionándolo. Mamá se encontraba en su habitación preparando sus cosas, hacía unos 5 minutos que le habían llamado de la escuela para informarle lo de Isaac, quien incluso se había desmayado debido, no solo a la sorpresa y al dolor de su brazo, sino en general por las contusiones recibidas en la caída. El médico le había dicho a Mamá que era mejor dejar a Isaac una noche en observación. – ¿Recuerdas el número del doctor, verdad Daniel? -, le dijo mientras continuaba metiendo ropa de Isaac en una maleta, aunque solamente iba a pasar una noche por lo que no era necesaria tanta ropa, talvez se debía a la preocupación de Madre que no se había dado cuenta de lo que hacía. – Sí Mamá y aunque no lo recuerde lo anotaste en la pizarra de la cocina, lo pegaste en el refrigerador y lo tienes escrito en una libreta en la sala -. Por fin ella dejó lo que estaba haciendo y volteó a ver a Daniel, que se encontraba en el umbral de la puerta, – Lo siento, no debe tardar mucho, la Señora Santos dijo que estaría aquí en media hora, solo ese pequeño lapso de tiempo te quedaras a cargo de la Abuela, recuerda no entrar a su habitación para no despertarla, si llegara a tener otro de sus ataques, solo tienes que darle de su emulsión que está en la estufa -. La Señora Santos era una enfermera, a veces Mamá recurría a ella, sobre todo en los últimos días cuando los ataques de la Abuela se volvieron continuos y más graves, la emulsión que la Señora Santos le preparaba la hacía dormir tranquila y también a Mamá.

 Finalmente Mamá dejó la casa, se despidió de Daniel dándole las últimas instrucciones, una vez alejado de su vista el auto de Mamá, fue a sentarse en un sofá de la sala. Acomodado en el sofá pensó que sería mala idea ver la televisión, el sonido del aparato no le permitiría escuchar a la Abuela, por lo que fue por un libro para leerlo mientras estaba acostado en la sala. Así transcurrieron unos minutos, conforme Daniel pasaba las páginas del libro las ganas de dormir se iban incrementando, pronto estuvo sumergido en un sueño. En el sueño Daniel se veía en una habitación, una habitación grande y oscura, en el centro de aquella habitación había una gran mesa de metal, y acostado en ella había alguien, una persona, y por el tamaño se trataba de un niño. El niño, además de estar acostado, se encontraba sujetado de las muñecas y de los tobillos a la mesa con unos cerrojos de metal, y un saco negro le cubría la cara, era la única prenda que aquel niño tenía, por lo demás se encontraba desnudo. En el sueño Daniel se encontraba en el umbral de una puerta, pero poco a poco se iba acercando a la gran mesa de metal, con la misma magia del sueño pronto se vio posicionado arriba de la cama, fue descendiendo hasta estar nariz con nariz con el niño, estiro su pequeña mano, y con un rápido movimiento retiro el saco que le cubría la cabeza. ¡Un fuerte ruido de metal se escuchó, pero antes de que saliese del sueño Daniel se quedó con la imagen de aquel niño, este se encontraba con los parpados y la boca abierta, pero no había ni ojos, ni lengua o dientes en ellos!

 Aún con el susto de aquella pesadilla Daniel se dio cuenta de que el ruido que escuchó no formaba parte de el sino que provenía del mundo físico. Revisó la cocina pero no había nada fuera de lugar, reviso la puerta principal y la del patio, nada, estuvo recorriendo la casa pero pronto cayó en cuenta que olvido la razón más probable, la Abuela.

 Se dirigió al cuarto de la Abuela, la puerta siempre estaba abierta, se asomó hacia el interior pero en la cama no había nadie y las sábanas se encontraban en el piso. La sangre de Daniel se heló, ¿a dónde había ido la Abuela? Él ya había revisado gran parte de la casa y no había podido encontrar rastro de ella, la casa de la Abuela era enorme pero Daniel no creía posible que esa demacrada anciana pudiera haberse ido lejos. Consideró que lo más prudente sería llamar a su Mamá, en ese momento Daniel se dio cuenta de que la Señora Santos se había retrasado, pensó entonces que era mejor llamarle a ella para que acudiera deprisa y no asustar a su Madre, como última opción tenía marcarle al Doctor o a la Policía, la idea de recorrer la enorme casa él solo le desagradaba, además de que por nada del mundo bajaría al sótano de la Abuela, sabía que la lámpara se había quemado y Mamá no la había cambiado, no le importaba quedar como un cobarde con todo el mundo, él conocía sus límites.

 Justo se había dado la media vuelta para ir a la cocina a usar el teléfono, cuando escuchó la voz de la Abuela venir desde dentro de la habitación, – Ven pequeño Daniel, lo único que necesito para sentirme mejor es uno de tus cálidos abrazos -, sabía que la voz era de la Abuela aunque muy diferente, se oía rasposa y un poco gutural. Daniel entró a la habitación, recogió las sabanas del piso y las volvió a poner en la cama, en ese momento vió que un enorme espejo que se encontraba en el cuarto de la Abuela tenía una doble función. Servía como una puerta a otra habitación, sabía que varias habitaciones de la casa de la Abuela se encontraban cerradas y Mamá les tenía prohibido tratar de acceder a ellas, pero nunca se imaginó que pudiera tener pasadizos secretos.

  – Ven pequeño Daniel, solo quiero un abrazo tuyo, y si me lo permites quiero darte un dulce beso en la mejilla -. Daniel tuvo miedo, esta vez no solo era el tono y estilo de voz de la Abuela, sino algo en su cabeza le hizo sentir que había un tono de maldad en la forma en que las palabras salían de su boca, quiso salir corriendo pero sus piernas no se lo permitían, al contrario, poco a poco se fue acercando a aquella habitación, se quedó en el umbral a lado del espejo, no podía ver nada, aquel cuarto estaba completamente a oscuras.

 Sintió como unas frías manos con unos dedos esqueléticos y uñas afiladas lo sujetaban de sus muñecas para adentrarlo en la habitación, conforme iba entrando Daniel recordaba aquella pesadilla que lo hizo despertar, recordó que se despertó de golpe no por el ruido metálico, sino por la visión de la persona que se encontraba acostada en aquella cama metálica. Aquel niño que se encontraba acostado en el frió metal, desnudo, sin ojos, ni dientes o lengua, era él. El mutilamiento que su cara había tenido parecía haberle dejado con una mueca de espanto, y en ese sueño, proviniendo de un rincón oscuro, escuchó a la Abuela. – Mi dulce y rico Daniel, hasta que por fin la Abuela pudo tenerte entre sus brazos -.

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Colaboración: La chica Tiburón, en conjunto con Antgirl

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