Terror

Infierno en las profundidades del Cenote

Adam era un aventurero, había surfeado en Australia, escalado los Andes, explorado el Gran Cañón y nadado con tiburones y ballenas en las playas de las Californias.

Pero su objetivo en Yucatán era nadar y bucear en un Cenote, quería sumergirse en esas lagunas subterráneas y milenarias. No tenía mucha experiencia en el buceo, pero tampoco era un imprudente que tomaba riesgos sin medir las consecuencias, él quería disfrutar al máximo su vida.

Había conocido a un compañero en un Hostal de Mérida, el cual le platicó en gran medida sobre los Cenotes, era un buzo experto que frecuentemente se unía a brigadas de rescate y de limpieza en los Cenotes.

Le contó que algunos Cenotes se encuentran interconectados por una amplia red de túneles acuíferos incluso con el mar, es por eso que representaban el misticismo del Inframundo para los mayas, quienes los convirtieron en centros ceremoniales de sacrificios humanos. También se decía de ellos que eran peligrosos debido a fuertes corrientes que jalaban a las personas hacia las profundidades, aunque esto era debatido por los expertos la gente seguía creyendo en esta superstición ya que incluso buceadores  profesionales habían visto su final en este Infierno acuático, algunos ni siquiera tuvieron la suerte de que sus restos fueran encontrados, lo que convertía a estos cuerpos de agua en cementerios acuíferos.

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Adam se dejó envolver por todo este misticismo y acepto la invitación de su amigo de ir a un Cenote poco explorado. La entrada todavía era subterránea y poco accesible, acudieron junto con otras 5 personas. Aunque respetaban al Cenote, por primera vez Adam había cometido la imprudencia de no seguir las reglas de seguridad.

Sin contar con la experiencia ni el equipo adecuado, Adam decidió bucear un poco. Su equipo de buceo era básico, con un tanque de oxígeno de capacidad mediana y una lámpara de baja intensidad de luz.

En un punto, y justo cuando había decidido volver a emerger, Adam sintió la débil corriente que se dirigía a las profundidades. La luz del Sol no penetraba en la gruta, así que la única manera de ubicarse eran las luces de las lámparas de sus compañeros, comenzó a nadar hacia arriba pero de pronto le pareció sentir que una huesuda mano se aferró a su pie derecho y súbitamente la corriente se hizo más fuerte arrastrándolo al fondo.

Asustado Adam pataleo y giró, y sin conocer si la dirección a la que se dirigía era la superficie, comenzó a nadar. Pronto fue evidente que en su terror había cometido otra imprudencia, por más que nadaba no lograba salir a la superficie, ya no veía la luz de las lámparas y la de él no le ayudaba a orientarse. De nuevo cambió de dirección para seguir nadando, y el miedo se iba posesionando de él.

Ese miedo era más peligroso que el mismo Cenote, ya que además de hacer que consumiera oxígeno más rápido lo desorientaba más. El tanque solo tenía capacidad para unos minutos de buceo, y ya era evidente que Adam no lograría salir a la superficie, pero antes de que el oxígeno o su fuerzas se agotaran, sintió de nuevo una mano cadavérica pero esta vez acompañada de otras más, las cuales se aferraron a su cuello, brazos y piernas y lo fueron jalando a las profundidades mientras Adam gritaba en silencio a través de las burbujas que expulsaba al exhalar.

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Sus compañeros al ver que no salía habían tratado de sumergirse para hallarlo, pero sabían que sin el equipo de iluminación adecuado corrían el riesgo de perderse también. La labor para encontrar el cadáver fue inútil, era posible que éste hubiera ido a parar a alguna otra gruta. Y así fue, el cuerpo sin vida de Adam había salido a la superficie en otro Cenote, en uno de los cientos que aún no habían sido descubiertos, ya sin su máscara de snorkel y con una mueca de profundo terror en su rostro.

Nuestro único objetivo es ofrecer contenido para enriquecer y renovar las propias leyendas urbanas de Yucatán.

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Colaboración: La chica Tiburón, en conjunto con Antgirl

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