Terror

«El Pinar», la historia oculta

«El Pinar» es una bella y preciosa mansión ubicada en la Calle 60 Norte a pocos metros del Paseo de Montejo en la Ciudad de Mérida, Yucatán. Es altamente conocida por su estilo arquitectónico europeo, que sumado al color rosa de su fachada y al hermoso jardín que tiene, parece darle un toque de ensueño.

Antes de que Don Alberto Bulnes Guedea comprara la casa llamada «El Pinar» y la remodelara hasta adquirir la belleza actual de esta famosa Casona para después venderla, «El Pinar» llevaba bastantes años abandonada y descuidada, hasta el punto de estar a casi nada del derrumbamiento. La razón por la que el anterior dueño la dejó sin regresar nunca jamás a aquel lugar, se había convertido de un chisme a una leyenda, un misterio que los vecinos habían querido averiguar a toda costa y que al parecer habían logrado conocer gracias a que una pariente lejana heredó aquella propiedad.

La historia tiene como protagonista al Tío de aquella mujer, había fallecido hacía unos pocos meses en un rincón remoto de Portugal, a pesar de venir de un hogar de riqueza abundante dentro de la alta sociedad portuguesa, su muerte estaba rodeada por la sencillez y la escases de bienes; toda la fortuna heredada de aquel hombre se habría esfumado hacía años atrás. Solo tenía entre sus posesiones una pequeña y destartalada casita de madera ubicada en una parte de la campiña rural de Lisboa, en aquella humilde morada partió al más allá. Pero también era dueño de una Casona Colonial en Mérida, Yucatán, no solo se encontraba ubicada en una zona con alto valor inmobiliario, sino que el terreno era bastante grande y el diseño arquitectónico era sin igual, no eran pocas las personas que admiraban la belleza de aquel lugar y hubieran ofrecido grandes sumas de dinero para adquirirla y convertirla en un hermoso hotel; a pesar de ello nunca la quiso vender para vivir más cómodamente sus últimos días.

Años atrás aquel hombre recibió «El Pinar» como regalo de bodas, su padre la había comprado de un socio comercial de Mérida, y se encontraban acondicionándola para que fuera el hogar permanente del joven matrimonio. El hijo administraría parte del negocio familiar, se encargaría de supervisar todo lo concerniente con las relaciones comerciales en Yucatán y todo México. Pero la hoz del cruel destino se abalanzó sobre su amada, durante su luna de miel, la cual realizaban por Europa, fue mordida sin darse cuenta por un murciélago, a pesar de estar consciente de la herida la desestimó creyendo que solo era la picada insignificante de un insecto.

Pero la enfermedad de la rabia comenzó a atacar a la mujer cuando recién se habían instalado en «El Pinar», las fiebres, náuseas y vómitos hicieron su aparición, y el hogar que se pensó estaría lleno de la calidez familiar y del amor de la pareja, se vio eclipsado por la incertidumbre, los temores y los médicos que analizaban a la esposa. Pero poco se podía hacer ya, los síntomas de la rabia estaban empeorando, y las primeras semanas los doctores lucharon contra cada malestar hasta que al pasar del tiempo pudieron diagnosticar que lo que estaba acabando con la vida de la mujer, era el virus de la rabia, el cual producía una enfermedad mortal y sin cura alguna.

El marido pasaba todo el día atendiendo a su esposa, los tratamientos consumían poco a poco las finanzas del hombre, era tanto su amor y obstinación para mantener con vida a la mujer que tanto amaba, que acondicionó lo mejor que pudo para la comodidad de ella, una habitación en una torre del hogar. Pero todo era en vano, no había nada que hacer para salvar la vida de su amada, quién después de una larga agonía, sucumbió a la enfermedad.

Pero lo que finalmente arrojó al hombre a una vida de aislamiento y soledad, fue que durante los estudios post mortem y la autopsia, se descubrió que la mujer se encontraba embarazada. El otrora feliz amante e ilusionado esposo no pudo soportar esta gran pérdida, antes de huir a Lisboa vivió por un tiempo en «El Pinar», la casona fue perdiendo su color y esplendor durante la convalecía de la mujer, era como si en parte el hogar hubiera absorbido el malestar y la decadencia que poco a poco consumían a su dueña, y los gritos que profería la mujer se escuchaban por todo el rumbo, dándole un aire todavía más tétrico y lúgubre. Pasaron los meses y el hombre regresaría a Portugal a la muerte de su padre, dejando abandonada «El Pinar».

Después de que el Don Alberto Bulnes Guedea adquiera El Pinar, se dice que decidió restaurarla con los colores de la fachada que se había realizado para el joven matrimonio.

Nota: este relato lo escribí basado en un texto en Internet, y puede no ser la historia real de esta bella casa.

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Colaboración: La chica tiburón para Shark Canal